lunes, 3 de junio de 2013

Contraste entre el Utilitarismo de Mill y la Deontología de Kant



En esta entrada haré un breve contraste entre las posturas filosóficas de John Stuart Mill (1806 - 1873) y de Immanuel Kant (1724 - 1804), en particular sobre sus teorías éticas. Es evidente que el utilitarismo, que defiende una ética consecuencialista es opuesta al no consecuancialismo de la deontología, por lo que me centraré en la exposición general de la postura de Mill y, desde ella, iré enlazando con lo propuesto por Kant, para buscar alcanzar algunas conclusiones sobre ambas teorías a partir de mis reflexiones en torno al contraste entre aquéllas.

Muy al inicio de la obra El utilitarismo, Mill ya plantea su desacuerdo con el intuicionismo, el cual cree que “nuestra facultad moral nos proporciona solamente los principios generales de los juicios morales; es una rama de la razón, no de la facultad sensible, y a ella debe acudirse para la doctrina abstracta de la moralidad, no para su percepción en lo concreto” (Mill, sf/sp). Mientras que Mill busca el origen de la moralidad en factores empíricos, en el desarrollo de la sociedad, Kant, al estilo intuicionista, buscará fundar la moral en una percepción a priori de la razón, debido a lo subjetivo y cambiante que es el apelar a las inclinaciones subjetivas del ser humano. Con esto queda clara una primera diferencia que determinará la bifurcación que se da en ambos sistemas: mientras que Mill es empirista y rechaza toda explicación metafísica, Kant es racionalista y entiende que fundar una moral en factores empíricos lleva de vuelta a la problemática que expuso en su momento David Hume: el relativismo moral. Para anclar con certeza una moral que aspire a ser realmente universal y que pueda ser demostrada en sus cimientos, Kant cree que es preciso buscar explicaciones objetivas que, por irónico que parezca, lo empírico no puede proporcionar.

A grandes rasgos, Mill expone la idea de la moral utilitarista así:
“El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer, y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer” (Mill, sf/sp).

Aclarando que por placeres, Mill no entendió sólo los placeres físicos y que introdujo un criterio cualitativo para distinguir placeres elevados, como los espirituales o los intelectuales, de placeres más básicos y elementales. Ahora bien, aunque se plantea en el utilitarismo que la mayor felicidad posible sea para la mayor cantidad de personas posible, Mill es claro al respecto cuando nos dice que
“La multiplicación de la felicidad es, según la ética utilitarista, el objeto de la virtud; las ocasiones en que cualquiera (uno entre mil) pueda hacer esto en gran escala o, con otras palabras, puede ser un bienhechor público, no son sino excepcionales. Sólo en estas ocasiones es cuando está llamado a tomar en cuenta la utilidad pública; en todos los demás casos, lo único a que ha de atender es a la utilidad privada, al interés o a la felicidad de unas pocas personas” (Mill, sf/sp).

Esta tendencia al egoísmo, nos dice Mill, debe paliarse con las leyes y la educación, de modo que el interés de cada individuo tienda a estar en armonía con el interés común. Y aquella tendencia a seguir el interés individual es común a todo sistema moral, por lo que no será una objeción válida.

En este sentido, la misma objeción puede planteársele a Kant. Él nos dice que la naturaleza humana está dividida en dos elementos: las inclinaciones o instintos y la razón. Si esta última guía a la voluntad se obrará acorde al deber, y dicha voluntad habrá de ser buena. Pero, ¿cómo habremos de distinguir las acciones acordes con el deber? El imperativo categórico, principio racional a priori, es la respuesta de Kant. “La representación de un principio objetivo, en tanto que es constrictivo para una voluntad, se llama mandato (de la razón), y la fórmula del mandato se llama imperativo” (Kant, 2004:107). Este imperativo tiene tres fórmulas que se vuelven las leyes prácticas de la voluntad: “obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (2004:117); “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio” (2004:127); concebir a “la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora” (2004:129). Con estos tres elementos que Kant atribuye a priori a todo ser racional, es posible fundamentar una moralidad que sea universal, que nuestra razón nos presente como un deber independientemente de nuestras inclinaciones subjetivas, que incluya al prójimo en cada una de nuestras decisiones morales, que relegue al egoísmo a un segundo plano, y, finalmente, que nos mantenga como seres libres pues, al ser nosotros mismos quienes creamos los principios que nos rigen, seguimos dentro de la autonomía al obedecer nuestro deber. Somos legisladores y legislados al mismo tiempo.
Volviendo al realismo que manifiesta Mill al referirse al egoísmo natural al ser humano, Kant coincide cuando nos dice:
“Voy a admitir, por amor a los hombres, que la mayor parte de nuestras acciones son conformes al deber; pero si se miran de cerca los pensamientos y los esfuerzos, se tropieza por doquier con el amado yo, que de continuo se destaca, sobre el cual se fundan los propósitos, y no sobre el estrecho mandamiento del deber que muchas veces exigiría la renuncia y el sacrificio” (2004:102-103).

En este sentido, y dejando momentáneamente a un lado las fundamentaciones de sus sistemas, ambos autores parten del hecho de que el hombre tiende al egoísmo y necesita algo que lo "fuerce" a actuar de acuerdo a la moral: para Kant es un principio racional que todos compartimos, para Mill será el derecho externo y nuestro estar habituados a él.

La diferencia de fondo emerge cuando Mill presenta las fuentes o sanciones  a su utilitarismo, divididas en externas e internas. Las externas son
“La esperanza del favor y el temor al disgusto de nuestro prójimo o del Legislador del Universo [aquí resalto que Mill era declaradamente ateo], además de cualquier simpatía o afecto hacia aquél, o de amor y respeto hacia Éste” (Mill, sf/sp).

Mientras que las internas, que serán las que desarrolla Mill, se fundamentan en el deber. Pero no como lo entendió Kant, sino como
“un sentimiento de nuestra propia conciencia, un dolor más o menos intenso ajeno a la violación del deber, que surge en las naturalezas con educación moral apropiada y, en los casos más serios, les hace retroceder como ante una imposibilidad” (Mill, sf/sp).

Este será entonces el fundamento último de la moral utilitarista de Mill: el sentimiento. Un sentimiento producto de la simpatía, el amor, el miedo, nuestras vivencias particulares. ¿Y qué será lo que hace que el hombre acate su deber? Las sanciones externas, es decir, el miedo al castigo y al rechazo o, en el mejor de los casos, la búsqueda de reconocimiento y aceptación.

Así, Mill rechaza el deber kantiano emanado de la razón y sustentado en el imperativo categórico, como una “ley misteriosa” de “carácter místico” que lleva al remordimiento (pues al observar el deber se podría en contra del sentimiento), es decir, todo aquello que nos lleve a principios metafísicos será cortado de tajo con explicaciones de corte empírico en donde el sentimiento moral es adquirido y no innato. Para Mill, “la facultad moral, si no es una parte de nuestra naturaleza, constituye una consecuencia de ella. […] es capaz, hasta cierto punto, de brotar espontáneamente, y es susceptible de ser cultivada hasta un alto grado de desarrollo” (Mill, sf/sp).

Hasta aquí podemos entender cómo emerge la moralidad en cada uno de nosotros según Mill, pero le es preciso explicar por qué habremos de incluir al prójimo en nuestros “intereses”, es decir, por qué y cómo habremos de buscar no sólo nuestra felicidad sino también la de los demás.

Mill dirá que el progreso de la civilización, idea arraigada en su época por efectos de la Ilustración y, sobre todo, el positivismo, tiende a fortalecer la sociabilidad en el hombre y esta sociabilidad da pie a los sentimientos morales interpretados ad hoc por el utilitarismo. Ciertamente, hoy podemos poner fuertes dudas a esta ciega fe en el progreso de la civilización, pero dejemos esto de lado para mejor ocasión. La sociabilidad da pie a dos hechos: por un lado el que busquemos nuestra seguridad de injurias y agresiones, aunque sólo sea por nuestra propia protección, muy al estilo de Thomas Hobbes en su Leviatán; por otro lado, además de buscar nuestra seguridad, se va fortaleciendo una inclinación a ver por el otro y buscar la cooperación, al estilo de John Locke. Así explicará Mill el nacimiento del sentimiento moral:
“Los más pequeños gérmenes del sentimiento echan raíces y se alimentan con el contagio de las simpatías y las influencias de la educación; y un completo entramado de asociaciones corroborativas se teje a su alrededor por la acción poderosa de las sanciones externas” (Mill, sf/sp).

Para buscar aclarar qué sean estas sanciones externas, Mill se sumerge en la noción de justicia que se remonta al constreñimiento legal. Definiendo lo justo de forma negativa, Mill afirmará que injusto es todo aquello que merezca un castigo, si no a partir de la ley, al menos por la opinión de sus semejantes. Con esto, el inglés terminará por identificar a la justicia con la moral, y ésta tendrá por tanto, un origen empírico y subjetivo. ¿Qué origina la justicia y, por tanto, la moral? El impulso a la defensa propia y la simpatía (Mill, sf/sp). La justicia es entonces caracterizada como “el sentimiento natural de la venganza, moralizado para hacérsele extensivo a las exigencias del bien social” (Mill, sf/sp). La legalidad y el derecho, sancionados según el interés de la sociedad, interés que nos remite a sus instintos de supervivencia y una simpatía no del todo explicada, serán entonces las sanciones externas que obligan al hombre a mantenerse dentro de la moralidad.

A manera de conclusión, y concluyendo el contraste de ambas teorías, podemos afirmar, en primer lugar, que hay una enorme diferencia en la labor argumentativa. Mientras que Kant construyó un sistema cerrado, sólido, estructurado lógicamente con la maestría que le es característica y, sobre todo, atendiendo a reglas filosóficas elementales, Mill sustentó su sistema en dos elementos, principalmente: una explicación empírica sobre el origen de la sociedad y cómo dicho origen tiende a imbuirnos de moral, y un sentimiento que puede fortalecerse y, de hacerlo, buscar la felicidad de uno mismo y de los demás. A esto, ya Kant había contestado varios años antes y sin siquiera conocer la eventual aparición de la doctrina utilitarista: no podemos fundar una moral en explicaciones empíricas, sino que debemos ir a la argumentación racional, a la filosofía pura:
“[…] puesto que las leyes morales deben valer para todo ser racional en general, y de esta manera, la moral toda,  que necesita de la antropología para su aplicación a los hombres, habrá de exponerse por completo primero independientemente de ésta, como filosofía pura, es decir, como metafísica” (2004:107).

El segundo pilar en que Mill sustentó su teoría es el sentimiento y, en repetidas ocasiones lo explica Mill como algo que no podemos entender claramente pero de lo que todos, o al menos la mayoría, tenemos una idea. Esto es una clara violación a la lógica más básica, pues no es un principio explicativo, quedando como una petición de principio, y parece sustentarse en una falacia ad populum.

Fuentes:
Kant, I. (2004). Lo bello y lo sublime. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Ciudad de México: Editorial Tomo.

domingo, 2 de junio de 2013

Sobre la Epistemología



A diferencia de otras disciplinas filosóficas, la epistemología es más compleja de abordar (y de estudiar). De modo muy general y casi profano, podemos decir que la epistemología es la disciplina filosófica que estudia lo relacionado con el conocimiento. El vocablo tiene su raíz etimológica en episteme, conocimiento en griego. Se suele concebir como sinónimo de gnoseología y teoría del conocimiento. Hasta aquí la parte sencilla y preclara.

Pero, ¿qué es lo relacionado con el conocimiento? Si se piensa esto, no puede haber nada que no esté relacionado con el conocimiento, pues todo aquello que digamos o, incluso, pensemos, parte del conocimiento o de lo que creemos que es conocimiento. Toda verdad que enunciemos sobre cualquier tema será un contenido “conocido” previamente. En este sentido, más de un filósofo consideró a la epistemología como la philosophia prima, la madre de las disciplinas filosóficas. Algo que hoy día no parece sostenerse.

La epistemología parece estar recorriendo el camino que muchas otras antiguas disciplinas filosóficas han andado: las disciplinas que nacieron como parte de la filosofía y terminaron en el seno de la ciencia. La física, la química, la sociología o la psicología fueron disciplinas filosóficas para, en algún momento de la Historia, clamar su independencia como ciencias autónomas. A medio camino de este proceso parece estar la epistemología. Una vez que se da la revolución científica iniciada por Bacon y Copérnico, con un método que tiende a la contrastación empírica, múltiples disciplinas abandonaron a su vieja madre por considerarla obsoleta y con limitaciones insalvables. La filosofía vio partir así a sus emancipadas hijas, y la epistemología, andando el mismo sendero, parece estar en la frontera que divide filosofía y ciencia.

Debido a esto, reproduzco dos sentidos, mencionados por Luis Villoro, a la pregunta por el conocimiento.
Sentido 1. Por una parte, podemos ver a la epistemología ya sea como el proceso psíquico del hombre o como un constructo colectivo, social, que compartimos como comunidad. Este primer sentido nos lleva a buscar el origen del conocimiento, su desarrollo tanto interno al hombre como externo en los procesos de transformación social, y las consecuencias del conocimiento. Aquí vemos cómo ciencias como la fisiología, la genética o la psicología buscan desentrañar el proceso que origina el conocimiento y su rol en la conformación y desarrollo de la personalidad. Por otra parte, las ciencias sociales abordan el condicionamiento social de conocimientos compartidos y su función en las estructuras sociales. Así, este primer sentido de la epistemología se relaciona con el quehacer de la ciencia que busca explicar la génesis y los resultados del conocimiento.

Sentido 2. Si, en cambio, la pregunta por el conocimiento la entendemos más bien como la búsqueda de la justificación y validez de aquél, estaremos en el ámbito de la filosofía, que hoy busca responder al cuestionamiento por las condiciones en que algo pueda calificarse como conocimiento. ¿Cómo hace esto la filosofía? A través del análisis de los conceptos epistémicos que, al parecer, las ciencias no tienen muy claros, en especial la psicología. Ahora bien, si la filosofía buscará determinar la verdad y justificación de nuestras humanas creencias vía el análisis conceptual, queda claro que mantendrá una evidente dependencia de los avances que la ciencia va teniendo en muy diversos campos. Pero a la par, la ciencia dependerá de la conceptualización teórica que la filosofía vaya construyendo. A través de la epistemología, ciencia y filosofía muestran su estrecha relación que, desde que se separaron, han mantenido.

Tomando esto en cuenta, podemos ver las limitaciones y aciertos en obras como la de Hessen, que suelen concebir a la teoría del conocimiento  como subdividida en una teoría general y otra especial. La primera, al cuestionar la relación del pensamiento con el objeto en general, cae ya en el ámbito de la ciencia. La teoría especial, esta sí, propia de la filosofía, somete a investigaciones críticas los principios y los conceptos que explican las relaciones epistémicas sujeto – objeto.

¿En qué sentido la filosofía debe abordar el psicologismo que intentó explicar el origen del conocimiento desde épocas tan remotas como la del mismo Platón? Como una historia de la epistemología, pues, a fin de cuentas, lo que va desarrollando la ciencia hoy en día, tiene su lejano origen en los sistemas racionalistas, empiristas, o en las posturas escépticas e idealistas que se fueron gestando a lo largo de la Historia.

Fuentes
Hessen, J. (1993). Teoría del conocimiento. México: EMU.
Villoro, L. (1996). Creer, saber, conocer. México: Siglo Veintiuno Editores.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sobre la Ontología

Al interior mismo de la Metafísica, como una forma particular ejercida a través de la historia o como una subdivisión, está la Ontología. Ésta aborda las sustancias o esencias, es decir, estudia la realidad en tanto que ente. La Ontología estudia el ser de las cosas, y dado que el ser es una característica común y no jerarquizable, todas las cosas son igualmente entes ante la Ontología. El ser de Dios y el ser de una mota de polvo son el mismo ser y, por ende, el mismo valor en tanto que entes que son.


Mas no se trata de buscar en el ser de cada ente sus características que lo vuelvan único (esto sería un acercamiento óntico y no ontológico), sino de abordar al ser mismo y a sus determinaciones necesarias. Cada ente participa de éstas determinaciones en igual forma, por lo que al ver un avión de papel surcar el aire o al ver una aparición celestial (así como doña María vio un ángel que le llevaba un mensaje) se está en presencia del ser en exactamente la misma manera: el avión de papel participa del ser de igual forma que el mensajero celestial. Ambos son de la misma forma. Ese elemento en común lo aborda la ontología, mientras que las diferencias de esos entes son cuestiones ónticas.

Olvidemos si el árbol es un manzano o es un roble, solo es; olvidemos si el estudiante es holgazán o es ñoño, solo es; olvidemos si los políticos son estúpidos, son oportunistas o son corruptos, solo (lamentablemente) son. Pues bien, una vez que hemos borrado provisionalmente todas las características no necesarias de la realidad (la “manzanitud”, la holgazanería o el oportunismo) y dejamos únicamente su ser, podemos entrar en materia. ¿Pero qué queda? ¿Cómo son esos entes sin determinación alguna salvo el hecho de que son? Ahí hay una primera cuestión para la ontología. Una segunda cuestión sería qué diferencia hay en el ser de un objeto que puedo manipular (digamos un iPod) y un objeto inasible (digamos el número ocho). Ambos son. Lo concreto, resulta que no es más que lo abstracto. Los papeles que llamamos billetes no son más que el valor que llamamos justicia. Y sin embargo, esta igualdad ontológica resulta inexistente en el mundo de los profanos. Para éstos, lo concreto y material será siempre más valioso y, quizá, lo único. Y esto es porque su único criterio para distinguir entre lo concreto y lo abstracto es la sensorialidad (y no la razón). Resulta, pues, que la igualdad ontológica nos hace más humanos (o digamos, más racionales), mientras que la diferenciación nos acerca a la animalidad (seres sensoriales sumidos en la bestialidad).

Aquello que es, aquello que comúnmente asumimos que está ahí, es más bien un constructo sociocultural, producto del lenguaje, de la tradición y, sobre todo, del sentido común. Un sentido común que agrupa nuestros otros cinco sentidos. Al ver el objeto en que nos sentamos, le llamamos silla; al oler un pañal usado, le llamaos hedor; al oír balaceras y sirenas (no las homéricas), le llamamos México; pero todo esto, al menos hasta donde la ciencia nos permite saber, es energía. Porque más allá de energía y vacío, no hay más. La silla está hecha de átomos y éstos de energía. Y así con todo lo demás. Una visión superficial y cómoda de la realidad nos la define y cataloga, mientras que una visión profunda de aquélla, la vuelve problemática y oculta. Imagina cómo se ve el pobre diablo que busca Lacoste, Dolce and Gabbana, Ferrari o Bentley. No son más que esclavos del determinismo sociocultural, al estilo de aquellos perros pavlovianos.

Otra cuestión abordada por la ontología es la de el ser de los universales. Puedes convivir con tu amigo Juan o con tu amigo José; puedes ser mordido por el perro del vecino y digamos que su nombre es Cánfulo; puedes chismear con tu amiga María; puedes ponchar el neumático de tu coche. Pero todos estos entes (Juan, Cánfulo, María, tu neumático y tu coche) son particulares y pertenecen a categorías universales (hombre, perro, mujer, neumático y coche). En términos rigurosos estas categorías, que llamamos universales, también son, y aunque nunca en la vida hemos visto a “el hombre” o a “la mujer” o a “el perro” estos también son entes. ¿Cuál es la diferencia ontológica entre el ser que participa de un universal y el universal mismo? ¿Cuál es la diferencia entre Cánfulo que siempre anda mordiendo a quien se deja y el universal perro? Más aún, ¿cuántas veces al día, en nuestras conversaciones corrientes, nos referimos a un universal? La realidad de estos seres es ineludible, pero la peculiaridad (si es que la tiene) de su ser es cuestión aparte.

jueves, 23 de agosto de 2012

Sobre la Metafísica

Se suele decir que la Metafísica es la rama de la Filosofía que estudia la realidad, pero en mi experiencia, eso no dice gran cosa al neófito en las artes filosóficas (así como yo, pues). Comúnmente, el ser humano suele acercarse a la realidad sin el más mínimo asomo de curiosidad. Ve a ésta como el chofer del minibús ve a los pasajeros, como el terrateniente ve al campesino, como el perro ve a su cola cuando trata de atraparla en una incesante danza circular. Ante esta forma superficial de acercarse a la realidad (o sea, los pasajeros, los campesinos, la cola o cualquier otra cosa que percibimos de ordinario), es normal que se nos escape no ya lo que subyace bajo la realidad, sino la realidad misma.


Digamos que un primer nivel de acercarse a la realidad es cuando vemos los objetos únicamente como cosas en relación a mí. Todo se convierte en inmediato y en útil acorde a mis necesidades. Así como el científico tomo una muestra y la observa a través del microscopio o como el político echa un vistazo a cifras de muertos.

Un segundo nivel de abordar la realidad es cuando comprendemos que ésta no es en relación a mí, sino que es, en cierto modo (y sin adentrarme en cuestiones epistemológicas) independiente a mí y opera como un todo. No hay cosas que yo uso y abuso, sino que es un entramado finamente relacionado de hechos y objetos. Esto nos lleva a buscar causas y efectos, a relacionar el hecho con implicaciones, digamos, éticas o sociales. La realidad se vuelve más vasta que el pequeño mundo en el que solemos habitar.

Pero hay un tercer nivel. Aquel que nos hace plantearnos los porqués y los cómos de dicha realidad. Esto es la Metafísica. La realidad toda, en su conjunto, se vuelve un “objeto” de estudio. Una búsqueda por encontrar el principio último, la causa primigenia del todo. Esta búsqueda es, pienso yo, inherente al ser humano, pero también es una tarea abocada al fracaso. Al menos si lo que se busca es resolver los planteamientos, encontrar las respuestas definitivas y absolutas. Afortunadamente, este no es el punto de la Metafísica, al menos no me parece que deba serlo hoy en día. Que para Parménides, Leibniz, Agustín de Hipona o Nicolás de Cusa sí lo haya sido, no debería cambiar el hecho de que lo importante de la metafísica es que en ese buscar en la realidad, o mejor dicho, en aquello que yace tras de ésta, a) nos alejamos de esa perniciosa forma de ver la realidad en su mera superficialidad, tal como una cámara de video la “ve”; b) nos construimos unos cimientos para edificar nuestras vidas en una realidad coherente y comprensible; y c) la labor intelectual del acto de buscar te deja la satisfacción doble de hacer hallazgos en ese interminable camino y de ejercer la actividad por excelencia del ser humano: pensar. Actividad que es muy rara e infrecuente en el hombre contemporáneo. ¿De cuándo acá se ha visto que una oveja del multitudinario rebaño se detenga a pensar en por qué sigue al pastor? ¿Cuándo, contrario a lo imaginado por Platón, uno de los millones de prisioneros que viven (y mueren) en lo más profundo de la caverna se detiene a pensar en el por qué de esas sombras que llama realidad?

Pensar la realidad, desocultar lo que en ella subyace es dejar de ser ese perro que irremediablemente fracasa al intentar asir su cola, y cuando lo logra, la suelta para volver a empezar su danza... Justo así vive el ser humano.

jueves, 5 de julio de 2012

Fraude Electoral 2012

Voy a rectificar. Asombro y perplejidad, aunque no sorpresa. Esto es muy cierto. Pero después de analizar la evidencia y de esperar a la integración de elementos (mucho más abundante de lo que en un principio parecía ser), la explicación de los resultados electorales según el infame IFE, es el fraude.
Mas sigo en asombro y perplejidad. El sistema, el establishment, la oligocracia, o como se le quiera llamar, sigue viendo al pueblo como un puñado de pendejos a quienes puede engañar descaradamente y éstos, en su superficial y conformista ignorancia, habrán de seguir por siempre aceptando atole con el dedo. Creo que cada vez hay menos de estos ciudadanos, y el no entender esto por parte del sistema (que ahora eligió a EPN como su lacayo), realmente causa asombro y perplejidad.

Pero no sorpresa. ¿Qué más se puede esperar de un grupo de sujetos que carecen de los más elementales indicios de eticidad? ¿Qué otra cosa pueden hacer aquellos dominados por la avaricia, el egoísmo y la estulticia?
En el fraude electoral del 2006, el IFE obró de una forma burda y evidentemente ilícita. Recordemos que conforme avanzaba el PREP en su conteo, la ventaja original de AMLO se iba reduciendo más y más ante FCH. Algo totalmente opuesto a las leyes estadísticas y de probabilística. Ya conocemos el resultado final de su conteo. Para este 2012 se tuvo más cuidado con las apariencias: las encuestadoras vertieron resultados manipulados (se eliminaba de los porcentajes el número de indecisos, el número que no contestaba la encuesta, o de plano se maquillaban las cifras). Los medios de comunicación hicieron una fuerte promoción desde años antes de la contienda a EPN (empezando con su telenovelesca vida “privada”) y redujeron lo más posible la cobertura a AMLO desde que terminó el proceso electoral del 2006 (a pesar de que hay quienes dicen que esos seis años fueron de “campaña pre-electoral”(?)). Una vez terminada la jornada electoral del 1º de julio (al igual que pasó en el 2006), los medios de comunicación oficiosos (Televisa, TvAzteca, Milenio…) se limitan a insistir en lo ejemplar del proceso, en el gran avance de la democracia, en que se debe respetar la voluntad del pueblo, en que solo expresan hechos y no supuestos (pero que no sea el candidato del Movimiento Ciudadano, porque entonces sí abundan los juicios de valor).

Con el camino ya preparado, el proceso electoral tuvo mucho más que algunas irregularidades:
1) El PREP captura mal la información de las casillas.











2) A través de Anonymous se pudo conocer el conteo real del IFE antes de la captura fraudulenta de votos.




3) En múltiples ocasiones, el PREP mantuvo una correlación perfecta entre los porcentajes de los candidatos JVM, EPN y AMLO. 41 datos que no variaban en su correlación a pesar del progreso en el PREP.

4) El 4.7% de votos invariablemente se distribuyen entre Quadri, votos nulos y votos a candidatos no registrados.

5) El PREP no se ajusta a la Ley de Benford o ley del primer dígito, por lo que carece de confiabilidad.

6) El resultado de las elecciones según el PREP (EPN 38.15%, AMLO 31.64%, JVM 25.40%) obedece a un algoritmo que no varió a lo largo del conteo rápido (imposible en términos estadísticos). 6.5% de diferencia entre EPN y AMLO, y 6.5% de diferencia entre AMLO y JVM.

7) Quema y destrucción de boletas, sábanas y urnas.




8) El pago de tarjetas de prepago para la compra de votos (a pesar de las declaraciones en contra de los involucrados).
Aquí, el pago que se hizo por las tarjetas de prepago.

9) El reconocimiento de la derrota electoral de JVM y Quadri se da antes incluso de que iniciara el PREP.

10) Múltiples estadistas de diversas naciones felicitan a EPN cuando todavía no se da por concluido el proceso electoral.

Los elementos para hablar de un fraude son claros y evidentes (a pesar del silencio de los medios de comunicación del establishment). La pregunta ahora es, ¿qué hacer? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar? ¿O nos resignamos al atole con el dedo?

martes, 3 de julio de 2012

Elecciones 2012


Asombro y perplejidad. Pero muy en el fondo, no hay sorpresa. De algún modo, el resultado de las elecciones 2012 se veía venir. Quizá solo era wishful thinking lo que alimentaba la esperanza de muchos.

Primero lo bueno: el PAN fracasó como cuando era un partidito insignificante en pleno priato. Su hipocresía y pseudo oposición, su continuidad al nefasto neoliberalismo, su indiferencia empresarial ante un pueblo miserable, su corrupción y fraudulento modus operandi. Por todo esto, su fracaso y enorme retroceso en las recientes elecciones. ¡Bien merecido!

Ahora lo malo: el Partido Revolucionario Institucional fue el ganador de las elecciones. Y solo concibo dos explicaciones ante semejante infortunio: o hubo un meticuloso y quirúrgico fraude o la mayoría de los votantes (casi 19 millones) son: o a) desmemoriados, o b) estúpidos, o c) valemadristas, o d) una lamentable combinación de todas las anteriores.

Aunque es cierto que hubo múltiples irregularidades (robo de urnas, balaceras, secuestro de representantes de casilla, relleno de urnas, compra de votos, rompimiento de la veda electoral, acarreados) el día de los comicios, ya desde las encuestas parciales, sin rigor y con información incompleta que creaba tendencias ficticias así como con los grandes gastos de campaña de Enrique Peña Nieto (EPN), podíamos pronosticar el nefasto resultado de las elecciones: la vuelta del PRI a Los Pinos. Más allá de esto, no hay elementos reales para hablar de un fraude como el del 2006 (al menos no todavía), por lo que debemos buscar explicaciones parciales a la tragedia nacional a partir de los votantes que sufragaron por “el niño telenovela”, que aun “sin tener ningún talento político significativo” y ser “intelectualmente débil” [http://www.spiegel.de/politik/ausland/enrique-pena-nieto-gewinnt-praesidentschaftswahl-in-mexiko-a-842004.html], es virtual presidente electo.

Opción A. Los casi 19 millones de votantes que sufragaron por EPN no recuerdan la masacre del 68 ordenada por un gobierno priísta; tampoco recuerdan la matanza del Jueves de Corpus en el 71. Han olvidado las recurrentes crisis económicas desde López Portillo hasta Zedillo que afectan al pueblo, mientras unos cuantos se benefician. Tampoco recuerdan los magnicidios de los 90’s, ni los innumerables casos de corrupción. Las instituciones que se vanaglorian de haber creado son auténticas cloacas de corrupción e ineficiencia. Se apropiaron de los sindicatos. Acteal, Aguas Blancas, Atenco. El FOBAPROA. Los fraudes electorales como en el 88. Sin embargo, no creo que estos votantes no sepan lo que ha hecho el PRI cuando ha sido gobierno. Por ello debemos considerar otra opción.

Opción B: estúpidos. Solo la estupidez (dificultad y gran lentitud para comprender las cosas – The Free Dictionary) puede explicar que la gente haya decidido votar por un partido corrupto y un candidato sin la estatura intelectual y la solvencia moral que la embestidura demanda. Solo la estupidez podría hacer que alguien decidiera ignorar los más de setenta años de historia a cambio de migajas: aquellos que vendieron su voto a cambio de despensa o tarjetas “prepago”; aquellos acarreados que carecen de criterio; aquellos “críticos” guiados por un “espíritu intelectual” que anularon su voto; aquellos peleles que esperan empleo a cambio del voto (y quién sabe qué más); aquellos (aquellas, realmente) que votaron por la “actriz” primera dama; y, desde luego, aquellos que realmente creen que EPN hará algo por la nación (supongo que los debe haber). Por toda esta gran masa de ignorantes, los restantes 90 millones de mexicanos nos habremos de chingar…


Opción C. Pero hay una tercera opción que, me parece, se mezcla y hasta confunde con la anterior. Aquellos que, dicho muy mexicanamente, les viene valiendo madre. Ya sea porque carecen de criterio y piensan que eso de la política les es ajeno, o ya sea porque para qué tomarse la molestia si el sistema es corrupto y un voto no va a cambiar nada (noticias para estos ingenuos: los casi 30 millones que piensan como tú pudieron haber cambiado el resultado), o incluso porque dentro de su infinita sabiduría saben que no importa quien gane las elecciones, el país seguirá igual (por alguna razón me recuerdan a los creacionistas, los evangelistas, y todos aquellos fundamentalistas que no entienden de libre albedrio y voluntad). Por todo esto, es difícil negar que el valemadrismo es una variación de la estupidez, pues a final de cuentas, el típico valemadrista (aquel que ante sí mismo se ve como alguien de amplio criterio y por encima de las masas) simplemente no comprende las cosas y se empecina en creer que sí lo hace.

Opción D. Después de los hechos del 1º de julio, habremos de concluir que fue la combinación de las dos últimas opciones lo que terminó por hacer naufragar la esperanza de que algo, por poco y pequeño que fuera, pudiera cambiar en relación a los doce años perdidos con los gobiernos panistas.

domingo, 29 de abril de 2012

Elecciones México 2012

Entrada breve. Aunque ya habrá tiempo de ahondar en el asunto, aquí sólo quiero hacer algunas observaciones más allá de la geometría política, de partidos y de candidatos.

1. El abstencionismo ha venido creciendo desde hace ya varias elecciones federales como muestra del hartazgo de la ciudadanía. Ya no creemos las mentiras descaradas que los politicastros dicen en sus campañas. La verdad es muy sencilla: quieren la presidencia para hacerse con el poder, incrementar sus riqurzas, fortalecer sus influencias. No les importa el pueblo, ni el bienestar de los demás.

2. Por si esto no fuera suficiente, sus campañas llenas de mentiras y frases huecas las pagamos nosotros. No sólo mantenemos a los oportunistas que ganan las elecciones (aunque sea mediante el fraude como un tal Calderón), sino que además pagamos las campañas de mentiras y falsedades que los llevan al poder.

3. Un muy amplio sector de la población no entiende esto. Es incapaz de comprender nociones tan elementales como "poder", "democracia", o "política". Pero son sus votos (en el supuesto de que no haya fraude) los que deciden. ¿Hasta cuando deberemos seguir esta farsa? Hasta que el pueblo despierte. Sólo el pueblo puede cambiar y enmendar la situación... Pero, ¿puede el pueblo despertar? Esa es la pregunta. ¿No será que tiene el gobierno que merece? La masa ignota e ignorante decide en esta terrible democracia, y es de esa masa de donde salen los politicastros.