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lunes, 19 de diciembre de 2011

Sobre la Navidad

Se acerca la época más bella del año. Momento de celebraciones y buenos deseos. Familia y buenos amigos. Reflexiones sobre el año que se ve y el que viene. Reflexiones sobre Jesús y el profundo significado de su nacimiento. Porque de ahí justamente viene el nombre de navidad – natividad: el nacimiento de Jesús. Que por cierto, fue milagroso. No todos los días una virgen da a luz, aunque tampoco crean que nunca ha pasado esto.
Mutemuia, que dio a luz al faraón Amenofis III alrededor de 1400 años antes de Cristo, la madre – virgen de Gilgamesh (2650 años a.C.). Dafné, madre de Perseo. Rómulo y Remo, también paridos por un virgen. Ixquic, madre virgen de Hunahpu e Ixbalanqué, los gemelos del Popol Vuh. Maia, que engendró a Buda. Hermes, Dionisos, Adonis, Agni, Mitra, Krishna… Todos hijos de madres vírgenes.

Bueno, quizá no importe si su madre era o no virgen; lo que importa es el gran mensaje que nos vino a dar y, por ello, hemos de celebrar su nacimiento que acaeció entre el 24 y el 25 de diciembre hace poco más de dos mil años. ¿O no fue así? Porque antes de la venida de Jesús al mundo, los latinos ya celebraban la Saturnalia, una festividad en honor al “regreso del Sol invictus” o, como diríamos hoy día, el solsticio de invierno que es, precisamente, el 25 de Diciembre: las noches se van haciendo más cortas y los días más largos. ¡Vaya coincidencia entre las fiestas de los romanos y los designios de Dios! Curiosamente, una vez que el cristianismo se impone como institución de poder y control, obtuvo un gran beneficio al mantener las mismas fechas para celebrar, sólo que cambiando algunos nombres (en lugar de Sol invictus, Jesús de Nazaret, por ejemplo).

Tampoco deja de ser curioso que en una gran cantidad de mitos anteriores al cristianismo se hable de señales celestes, magos y reyes visitantes, pastores, ángeles cantores, animales benefactores, un rey persiguiendo al niño divino… Buda, Krishna, Mitríades, Julio César, Enéas, Confucio, Moisés. Bueno, no importa si la natividad es sólo un mito del cristianismo, no deja de ser un bello mito por todo lo que hoy significa.

Que el índice de suicidios se dispara en estas épocas navideñas; que es una época de consumismo, dónde se le rinde culto al dios dinero; que más que dar amor, se espera recibir presentes materiales; que lo poco que queda de aquel mito de la natividad se va diluyendo en la grotesca mercadotecnia del regordete Santa Claus; que las reflexiones se limitan al “cómo saldré adelante el próximo año” o “bebamos y comamos que el Guadalupe-Reyes se nos va”…

La navidad no es más que otro momento para evadir nuestra realidad y celebrar nuestra miseria en el consumismo, el hedonismo, la superficialidad… Máscaras de alegría para una sociedad que necesita nuevos mitos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

La Envidia

No hace mucho, escuché que la envidia era mala. Lo dudé. Aquí explico por qué. Según la Real Academia Española el vocablo envidia tiene dos definiciones: tristeza o pesar del bien ajeno, y emulación, deseo de algo que no se posee. Esto nos indica que envidia se puede entender en un sentido pasivo y otro activo. El sentido pasivo, que es el único que puede considerarse como negativo, nos dice que el bien del otro debe sumirnos en la desdicha ante el infortunio propio. Naturalmente, esta postura conlleva un derrotismo, una debilidad de espíritu, una carencia total de voluntad, y el centro mismo de la idea no es la envidia, sino nuestra reacción pusilánime.

Otro es el caso de la definición activa de envidia: “Emulación, deseo de algo que no se posee”. ¿Cómo existiría el progreso si no es por una meta que alcanzar? ¿Cómo podríamos trazarnos metas cada vez más altas si no es a través del desear aquello que no poseemos? Desear aquello que no poseemos es no sólo correcto, sino natural al ser humano. A diferencia de las demás especies animales que viven igual a como lo hacían hace cinco mil años (el león sigue cazando en la sabana, la ballena sigue comiendo plancton, las aves siguen migrando, las abejas siguen viviendo en panales…), el hombre acumula conocimiento, modifica su realidad, crea mejoras ante las contrariedades que se le presentan. Y todo esto, porque deseamos, porque soñamos con lo que aun no tenemos, porque envidiamos. Porque ponemos la mirada en aquello que se nos escapa, de ahí el origen latino de “envidia”: in videre, poner la mirada en. La envidia activa es una virtud.

¿De dónde entonces el sentido tan peyorativo que se le da a la envidia? De la Iglesia católica, desde luego. Allá en el siglo IV, Evagrio el Póntico establecio ocho pecador capitales, reducidos a siete un siglo después por Juan Casiano. Esta lista -lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia- fue oficializada por el Papa Gregorio. en lo que respecta a la envidia, se entiende fácilmente por qué la Iglesia la institucionalizó como pecado: mientras que aquella acumulaba riquezas de forma depredadora, el feligrés se sumían en una miseria que la Edad Media y sus sistemas socioeconómicos políticos mostraban como naturales. Envidiar la riqueza de unos cuantos, su prosperidad, su holgura, era todo un riesgo... Un pecado.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sobre el convencimiento

Entrada breve. Aunque es muy cierto que para que haya cabrones debe haber pendejos, no deja de ser muy significativo el hecho de que hoy en día, en nuestra bella sociedad, en nuestra próspera cotidianidad, aquel imperativo práctico kantiano es una mera curiosidad de un remoto pasado: a todo hombre se le trata como un medio. El hombre como fin es una ilusión, una utopía, una intelectualidad impráctica kantiana.



Por ello, y con dedicatoria especial para Peña Nieto, Calderón, Estados Unidos, y tantos y tantos más, recordamos aquí la frase de Víctor Hugo: "Nada más estúpido que vencer, la verdadera gloria es convencer".

martes, 8 de febrero de 2011

Sobre el uso de diminutivos

Entrada breve. En el diccionario podemos encontrar que la definición de “diminutivo” (que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo) tiene al menos tres sentidos: disminución de tamaño, una intención emotiva o apelativa o para remarcar una significación intensiva. ¿Por qué entonces hay quienes dicen “inditos” o “negritos”? ¿Cuándo empezarán a decir “jotitos”? En ninguno de estos casos se hace referencia ni al tamaño, ni a una significación intensiva y, definitivamente tampoco a una intención emotiva.
Obedece al menosprecio disfrazado de lástima. Aquellos homúnculos de Ginés de Sepúlveda siguen más que vivos, nosotros nos encargamos de prolongar su vida. Es franca hipocresía el pretender usar el diminutivo para enfatizar cierta empatía, cuando lo que realmente yace bajo dicho uso es una minusvaloración fundada en estereotipos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Sobre las prácticas absurdas e irracionales

Entrada no tan breve. Uno de los “cientos” de comentarios dejados me ha invitado a reflexionar sobre el por qué etiquetar como absurdo e irracional un fenómeno social dado. Considero que la afirmación que no va acompañada de argumento se queda en el limbo de las opiniones, por ello, es prioritario insertar una breve argumentación al respecto.


No con facilidad se tilda de absurda e irracional una práctica social, pues como muchas (que no todas) de las prácticas institucionalizadas forman un eje que conforma y estructura a nuestra sociedad. Sin embargo, desde luego que se ha vuelto una práctica superficial y alejada de su finalidad intrínseca, lo cual, por definición es absurdo. Realizar la acción "x" con la finalidad declarada de alcanzar el objetivo "y" a pesar de saber que dicho objetivo no se alcanza a través de "x"… Esto es absurdo. ¿Qué ser es aquel que recorre un camino esperando alcanzar un punto fijo, aun sabiendo que dicho punto no es el destino del camino elegido? El ser que se guía por el rumbo de la manada ignorando a la razón. Como decía Sartre, el pensamiento de grupo es en sí mismo la renuncia a la razón.

¿Cuáles son estas prácticas institucionalizadas? El matrimonio es una, pero ahí está su contraparte, el divorcio; las múltiples celebraciones huecas y banales (desde navidad hasta… el día del “trabajo”); la religión; la tolerancia; las buenas maneras… En fin, ya habrá tiempo de abordarlas y analizarlas. El punto es que el ser humano ha perdido el sentido de orientación al verse rodeado por este constructo imaginario que lo irracionaliza, además de cosificarlo y entumecerle el sentido heroico de la existencia. Y todo esto, si nos preguntamos por el verdadero sentido del Hombre y de su Ser, es muestra de irracionalidad, de, como diría Oswald Spengler, la decadencia de Occidente (no porque Oriente esté mejor, sino por el eterno eurocentrismo). Pero ya habrá tiempo (también) de acercarnos a ese verdadero sentido del Hombre y de su Ser.

¿Uno de los efectos de estas prácticas institucionalizadas? La tolerancia: uno de los más terribles males de nuestro tiempo. Toleremos esto, aquello y lo otro, pues su postura es tan válida como cualquier otra. ¡Subjetivicemos al mundo, pues en gustos se rompen géneros! El mundo es objetivo en sí mismo, es nuestra mirada temerosa, cobarde o superficial la que crea el maremágnum de opiniones, y, no faltaba más, una justificación para cada una. De ahí la necesidad de describir al mundo, de desnudarle en su miseria. De acercarse fenomenológicamente a lo que es, y dejar de lado aquello que está minando el verdadero sentido del Hombre y de su Ser.

jueves, 29 de octubre de 2009

Sobre el Matrimonio

Hace no mucho me vi en la “necesidad” de asistir a uno de esos eventos sociales que llamamos Bodas. Este evento representa la unión amorosa de dos seres ante la sociedad en general, ante los seres queridos si queremos reducir la esfera de los interesados. La pregunta clave debe ser: ¿por qué la gente decide casarse? Se me ocurren varias respuestas:

1. Porque la influencia de Hollywood y/o de las telenovelas manipula las maleables mentes de las jovencitas, quienes creen que después de contraer nupcias, su príncipe azul las hará felices por el resto de sus días.
2. Porque la sagrada y bendita tradición familiar (que por cierto se fundamenta en la no menos sagrada y bendita tradición religiosa (católica en el caso de México)) dice que así debe ser. Cualquier otra cosa es una afrenta para el honor de la familia…
3. Porque algunas mentes ingenuas creen que Dios se molestará si no lo hacen y arderán en las llamas de los infiernos…
4. Porque creen (no sé exactamente por qué) que todo ser humano debe seguir la famosa ley universal embarazo-matrimonio: si mi vieja sale embarazada, ya me chingué y tenemos que casarnos.
5. Porque la gente es estúpida. Mujeres que sueñan con ponerse su vestidito blanco que las hará verse divinas, o caminar por el pasillo repleto de bellas flores mientras toooodo el mundo las ve y las admira en su pulcra belleza. Mujeres que sueñan con una fiesta digna de un cuento de hadas, o con una luna de miel también digna de un cuento de hadas. Hombres con un muy bajo nivel de asertividad, incapaces de decir: No.

Cualquiera que sea la razón, me vi en la dichosa oportunidad de asistir a uno de estos maravillosos eventos en que el hombre y la mujer (aunque los diversos sexualmente están cambiando este detalle) inician su recorrido en común en busca de la felicidad y de la integración en un mismo Ser: el Nosotros, o sea, esposo y esposa. La boda (que por cierto viene del latín vota: voto o promesa) en cuestión tenía una peculiar característica: la infidelidad de parte de ella (no sé si también de él) incluso antes del Gran Mágico Día. Entiendo que uno de los objetos (las arras, los anillos u otro de los 372) que intercambian durante la bella ceremonia significa “fidelidad”… Pero qué importan estos detallitos cuando la anhelada felicidad está tan cerca.

Y después de una memorable ceremonia llena de sacralidad y ornato, tuve la oportunidad de gozar de una maravillosa fiesta para celebrar el profundo amor de esta dichosa pareja. ¿Quién estableció la agenda de estas fiestas? ¿Qué mente brillante fijó tan bellas costumbres? Ante todo están los comensales con los que te verás obligado a departir, lo cual obedece a una sencilla ley: la cantidad de extraños que compartirán mesa contigo es inversamente proporcional al grado de cercanía que tienes con la afortunada pareja protagonista. Para mi infortunio, mi grado de cercanía tanto con el novio como con la novia era nulo.

Ante la falta de plática y ambiente en este tipo de mesas, es preciso preparar una serie de temas para discutir con tu acompañante. Lamentablemente esto no suele funcionar pues en estos eventos gozamos de bella música popular para amenizar el momento, música que amablemente invita a no charlar, o bien, establecer civilizadas conversaciones por medio de gritos.

Después viene El Grupo (versátil, desde luego). Una afortunada combinación de talento musical y dotes humorísticos suele apropiarse del escenario para beneplácito de los invitados. Desde luego, el grupo ameniza el evento haciendo gala de un variado y amplio repertorio, mostrando un exquisito, refinado y conocedor gusto musical.

Para estas alturas uno se ve en la necesidad de refugiarse en la botana y las bebidas (no que sea alcohólico ni mucho menos, claro está). Éstas últimas, por cierto, suelen limitarse al típico tequila (obvio, estamos en México… ¿qué otra cosa deberíamos beber?) y un ron o un brandy…

Entonces llega el momento en que uno, en su muy necia ingenuidad, cree que desquitará el martirio y sacará algo de provecho en el día perdido (aaaahhhh, porque las bodas le dan en la madre al día entero. Tomando en cuenta que se buscan el templo más apartado de la civilización y el lugar para la fiesta ni siquiera suele estar en la ciudad, el festejo ajeno te robará ocho horas, más o menos). El momento de desquitar, decía: la comida (o cena, según sea el caso). Pero en las bodas, la comida suele ser una muy pequeña y pretenciosa porción de insípido alimento. Esta falta de sabor suele ser sustituida por la bella presentación de los alimentos en el plato: una verdadera obra de arte. Entiendo que la alta cocina pone especial cuidado en la apariencia de los alimentos, tradición que debe remontarse a los cocineros que trabajaban en cortes reales, para emperadores, sultanes, sátrapas y reyes. De igual manera, cada platillo debe ser somero para guardar el decoro. Este es el tipo de convenciones sociales que me hacen pensar en la proverbial e irremediable estupidez del ser humano…

Ante ese lamentable espectáculo culinario, recurrí a lo obvio: solicité atentamente un platillo para niños. Como los niños no están del todo esclavizados por las absurdas convenciones sociales, pueden comer (al menos en este caso) una apetitosa hamburguesa con papas a la francesa. Aunque el atento mesero encontró mi pedido extravagante (por decir lo menos), y no sin algo de resistencia, finalmente pude compartir el menú de los infantes. Dichosos ellos que desconocen el terrible mundo de los usos y costumbres propios del adulto…

Claro que una boda sin baile, no sería boda. Ahí radica la única razón por la que los grupos versátiles son perfectamente tolerados por la inmensa mayoría en estos eventos sociales: el acto de bailar, en realidad, es independiente de la música en sí (el baile como acto social, porque como actividad individual o acto ritual es diferente). No importa lo deplorable que sea la música, lo importante es pararse, moverse y sudar para expresar sólo Dios sabe qué. Yo, como todo filósofo (bueno, no todos, pero la mayoría) y hombre de baja tolerancia a los actos masivos, observé el absurdo espectáculo preguntándome: ¿cuál es la diversión de este acto? Hasta la fecha sigo sin encontrar respuesta…

Finalmente viene el incómodo momento en que debe uno felicitar a la feliz pareja. Si son conocidos, amigos o parientes no hay incomodidad alguna, pero si son perfectos desconocidos (como fue el caso), es inevitable tomar conciencia del acto de hipocresía que se avecina: felicitar por algo que uno no relaciona con la felicidad. Dado que en estos eventos la forma es lo más importante, no queda más que ejercer nuestro derecho a fingir y felicitar a los recién nombrados marido y mujer y agradecer por invitarnos a tan maravilloso evento.

Matrimonio. Gran parte de la sociedad tiene la idea de que el matrimonio es parte del proceso natural de crecimiento en el ser humano. ¡Pobrecitos de los “quedados”! – dicen los más. Todavía hay quienes se extrañan ante la afirmación de que el matrimonio es una mera formalidad carente de valor por sí mismo. Lo que le otorga su importancia es el compromiso y amor que supuestamente lo inspira, pero la tasa de divorcio y la abrumadora frecuencia con que la infidelidad se presenta en los matrimonios (la etimología misma nos indica esto: matri – madre, monio – uno; en el matrimonio hay una sola madre de la descendencia, pero amantes…) nos muestra que la premisa es errónea (al menos en la mayoría de los casos): compromiso y amor no es la causa del matrimonio, sino un anexo que, en afortunadas ocasiones va incluido. Puede ser un error de juventud, un acto de desesperación, un contrato por intereses materiales o de otro tipo, pero escaso es el matrimonio fruto del verdadero amor… Y después viene lo absurdo de la institución ante la cual creas el matrimonio: el Estado, en el caso de una boda civil o la Iglesia si la boda es religiosa. Ambas instituciones son una carcasa corrupta ante las cuales hacer un juramento solemne es, cuando menos, ridículo. Si alguien es lo suficientemente afortunado como para encontrar a alguien a quien amar y ser correspondido, lo único que el sentido común nos dicta hacer es: amar. Cualquier otra cosa no es más que un artificio monstruoso creado por la decadente sociedad…