martes, 8 de febrero de 2011

Sobre el uso de diminutivos

Entrada breve. En el diccionario podemos encontrar que la definición de “diminutivo” (que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo) tiene al menos tres sentidos: disminución de tamaño, una intención emotiva o apelativa o para remarcar una significación intensiva. ¿Por qué entonces hay quienes dicen “inditos” o “negritos”? ¿Cuándo empezarán a decir “jotitos”? En ninguno de estos casos se hace referencia ni al tamaño, ni a una significación intensiva y, definitivamente tampoco a una intención emotiva.
Obedece al menosprecio disfrazado de lástima. Aquellos homúnculos de Ginés de Sepúlveda siguen más que vivos, nosotros nos encargamos de prolongar su vida. Es franca hipocresía el pretender usar el diminutivo para enfatizar cierta empatía, cuando lo que realmente yace bajo dicho uso es una minusvaloración fundada en estereotipos.

lunes, 7 de febrero de 2011

Más allá de Waterloo

Entre 1799 y 1815 Europa presenció un acontecimiento sui generis: un solo hombre se hizo con el poder en la mayor parte del continente. Dicho hombre, Napoleón Bonaparte, fue el producto de la Revolución Francesa e irónicamente, también de la Ilustración, y tres semanas antes de su muerte escribió: “muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su matón a sueldo” (Ang 1993:124). Estas palabras reflejan no sólo el final de su vida sino también el fin de lo que se ha llamado Era Napoleónica. Sobre las causas de fondo que provocaron el fin de esta Era indagaremos en las siguientes líneas.

Cuando se piensa respecto al fin de la Era Napoleónica comúnmente se piensa en tres grandes eventos que lo desencadenaron inevitablemente: la derrota en Rusia, la derrota en Waterloo y la megalomanía de Napoleón mismo. Sobre este último aspecto hay que decir que es aventurado calificar a Napoleón de megalomanía sin tomar en cuenta que su ejercicio de poder se combinó con la posibilidad efectiva de extenderlo indiscriminadamente. La extensión del territorio que controló no da pie al adjetivo megalómano, sino las intenciones de fondo que lo llevaron a buscar el poder, y esto es muy complicado de esclarecer.

Respecto a sus dos más sonados fracasos militares, es indiscutible que tuvieron un enorme peso en el destino de Napoleón. La fracasada invasión invernal a Rusia terminó por desmoralizar a sus tropas, muchas de las cuales jamás regresaron con vida de la operación. Dadas estas circunstancias, el regreso a París no fue acompañado de una calurosa bienvenida: el pueblo le daba la espalda al emperador. Por otra parte, la derrota en la batalla de Waterloo es considerada como el evento que pone fin a la Era Napoleónica, pero no reside ahí la causa o las causas de dicho fin. La batalla de Waterloo fue el inevitable y fatal acontecimiento consecuencia de una serie de eventos desafortunados (sin relación alguna con el film).

Un hecho acontecido en la batalla de Waterloo nos dará un primer indicio. En esta batalla Napoleón enfrentó a los ejércitos del duque de Wellington y del mariscal Blücher; el primero tenía bajo su mando un ejército multinacional, el segundo comandaba a las fuerzas prusianas. Ante estos dos adversarios Napoleón hizo lo impensado: terribles errores estratégicos en el ámbito militar, a pesar de que había dado pruebas abundantes de su genialidad en el mismo. En la obra Secretos y Misterios de la Historia, se dice que

Años después [de la batalla de Waterloo], su hermano Jerónimo reveló que el día de la batalla Napoleón sufría de fiebre, cistitis y hemorroides, agravadas por las largas horas de cabalgata. Los testigos comentaron el letargo y torpeza del emperador durante la campaña; quienes tenían mucho tiempo de no verlo se sorprendieron por su gordura y de lo avejentado que parecía, a pesar que sólo era tres meses mayor que Wellington. (427)

La derrota en Waterloo fue entonces la natural consecuencia de hechos más profundos.


Podemos identificar seis causas de fondo que debemos considerar al momento de analizar el fin de la Era Napoleónica. Estas causas, como veremos, se interconectan entre sí y van más allá de los tres eventos ya comentados (la megalomanía napoleónica, Waterloo y el invierno ruso).

Una primera causa es la defectuosa política del bloqueo continental. Napoleón intentó crear un bloqueo económico en contra de Gran Bretaña, de forma que ésta no podía comercializar con la Europa continental. De entrada sí se debilitó la economía inglesa pero, eventualmente, las economías europeas (como la holandesa y la rusa) sufrieron la carencia de productos que los ingleses distribuían en el continente. El bloqueo terminó por afectar a la Europa napoleónica creando descontento y, debido a ello, Rusia rompió dicha medida.

Este descontento producido por el bloqueo se agudiza al emerger en toda su fuerza los nacionalismos de inicios del siglo XIX. Sólo uno de los pensadores ilustrados, Jean-Jaques Rousseau, abogó con insistente premura sobre la importancia de la identificación de los pueblos con su pasado, su cultura, su lengua y sus tradiciones; así se sembró la semilla del nacionalismo. El resto de los pensadores ilustrados destacó la idea de libertad para los pueblos en oposición a las cadenas de la religión y las monarquías; la simiente de las revoluciones libertarias cayó en una Europa fértil. Naciones como España, Prusia, Baviera o Polonia, iniciaron revueltas y guerrillas en contra de las tropas napoleónicas. Las resistencias de signo nacionalista es nuestra segunda causa.

Íntimamente ligado a lo anterior, tenemos la tercera causa: el territorio del Imperio Napoleónico era ya demasiado extenso y cuando Napoleón dejó de ser visto como libertador y se convirtió en usurpador y tirano desde la perspectiva de los pueblos, las revueltas evidenciaron que el territorio era demasiado extenso como para mantener el orden y la paz. Esto sin olvidar la enorme fuerza con que las viejas casas reales azuzaban al pueblo para levantarse en contra de Napoleón; la monarquía, a fin de cuentas, aprovechó cada una de las debilidades del Imperio Napoleónico.

Mientras todos estos eventos se desencadenaban en la Europa continental, en Gran Bretaña aumentaba la enemistad con Napoleón, enemistad que era extensiva a los franceses y que se remontaba a la Edad Media. De forma constante, galos e ingleses habían mantenido ásperas relaciones debido a diferencias familiares, económicas, religiosas y geoestratégicas. Durante la Era Napoleónica, todos estos elementos se vieron exacerbados, creando un clima de fuerte enemistad. ¿Qué hechos rodeaban a la situación que prevalecía en Gran Bretaña? Sabemos que la monarquía inglesa despreciaba las nacientes ideas democráticas que promoviera la Revolución Francesa, pero es evidente que la monarquía inglesa, de tipo constitucional, ya tenía elementos que la hacía progresista en comparación con las continentales. Por otra parte, el camino que había tomado el Imperio Napoleónico era la negación misma de los ideales revolucionarios e ilustrados, por lo que había algo más elemental que empujó a Inglaterra a oponerse a Napoleón desde antes que éste emprendiera su bloqueo continental: las políticas financieras.

Fue Napoleón el primero en crear en Francia un banco central, el Banco de Francia. A diferencia de lo que sucedió en Holanda o Inglaterra, el nuevo banco no quedó en manos de los importantes financieros cosmopolitas que controlaban el sistema financiero europeo, sino que Napoleón se autonombró presidente vitalicio. Este hecho provocó reacciones hostiles de parte de los especuladores de las altas finanzas que, mediante el control de los bancos centrales iban haciéndose con importantes parcelas de poder. Napoleón, al oponerse a ello, se ganó su enemistad y perdió el crédito que con ellos tenía. ¿Por qué le retiraron su apoyo? Porque Napoleón decidió que la emisión de dinero no se hacía como préstamo al gobierno, sino de acuerdo con la producción agrícola e industrial.

La amenaza que Napoleón representaba para la cúpula financiera cosmopolita era razón suficiente para borrarlo del mapa estratégico europeo. Tomemos en cuenta que, incluso hoy en día, doscientos años después, seguimos viviendo en un mundo en que los dueños de las altas finanzas mantienen un fuerte poder político a través de su influencia económica (piénsese en la Federal Reserve estadounidense que maneja las finanzas del gobierno a pesar de estar controlada por privados). Todo esto nos hace comprender por qué Napoleón, de acuerdo a los hallazgos de Sven Forshufvud en 1978, fue asesinado con arsénico en su exilio en Santa Elena.

Todos estos motivos nos presentan a la caída del Imperio Napoleónico como algo mucho más profundo que unos fracasos militares y una muy comentada megalomanía, convenientemente apoyada por los enemigos de Napoleón. También nos revela que los factores económicos y financieros fueron clave en el desenlace de la Era Napoleónica, pues a fin de cuentas, de haber mantenido el apoyo financiero que llegó a tener, Napoleón se hubiera forjado otro camino.

Bibliografía:

Ang, Gonzalo. Secretos y misterios de la historia. Lo que los investigadores todavía buscan resolver. México: Reader’s Digest, 1993.

Borrego, Salvador. Supra Capitalismo. México: sin editorial, 1980.

Ellis, Elisabeth Gaynor y Anthony Esler. World History, EEUU: Pearson Prentice Hall, 2009.

Sherman, Dennos y Joyce Salisbury. The West in the World, EEUU: McGraw-Hill, 2006.








miércoles, 2 de febrero de 2011

Narcobloqueos en Guadalajara y el narcotráfico en general

Finalmente llegaron. La que alguna vez fue plaza neutral y de seguridad está, como tantas otras ciudades de México, sufriendo el flagelo del narcotráfico. El 1o de febrero del año en curso se registró por primera vez en Guadalajara los llamados narcobloqueos. Bloqueos de vías principales orquestados por la delincuencia organizada.



Siete de estos bloqueos son signo inequívoco del deterioro de la seguridad pública y del auge y posibilidades del crimen organizado. Entre la ineptitud y corrupción del gobierno (en todos los niveles), el desmedido instinto de la delincuencia y la apatía e impedimentos de la ciudadanía, la situación no parece tener posibilidades de mejoría alguna.


El principal responsable de toda esta situación es el gobierno: con su sistema neoliberal se ocupa únicamente en producir pobres (y un puñado de multimillonarios), desempleados e incultos individuos con un vacío existencial que tratarán de solventar con las drogas. Este mismo fenómeno proporciona mano de obra al narcotráfico que, aunque profesión bastante arriesgada y que augura una vida breve, paga mucho mejor que los trabajos temporales y/o con míseros sueldos que nos proporciona el neoliberalismo. Esta es la ineptitud de la clase política, que obedientemente insiste en un modelo que ha ya fracasado pero que se niegan a desechar; ceguera ante las causas de fondo o, lo que sería peor, fría indiferencia. Naturalmente, uno siempre bien pensado, la clase política es sólo estúpida y rastrera ante los dictados que llegan del exterior, pero de ninguna forma está coludida con la delincuencia misma. Imaginemos sin embargo el caso: las cantidades de dinero que produce el narcotráfico son multimillonarias, por lo que obtener una entrada extra de dinero además de mantener la vida parecerían dos buenas razones para aceptar las ofertas del narco. En lugar de caer en la corrupción, nuestro honorable gobierno (en este caso el federal) ha puesto en marcha un brillante plan para poner fin a la narcoinsurgencia y devolver el orden, la concordia y prosperidad a nuestra gran nación. El señor Calderón lanzó la guerra contra el narcotráfico, un estupendo plan para acabar con dicha plaga desde sus raíces, a fondo, pensando no sólo cinco minutos a futuro, sino a largo plazo. Un aplauso para las brillantes mentes de nuestro gobierno que, de ningún modo, incrementarán la violencia ni radicalizarán la respuesta del narco. Además el sentido común nos indica que quitando cabecillas de los carteles éstos tenderán a desaparecer, una especie de generación espontánea inversa. También el sentido común nos dice que eliminando sicarios (ya sea entre ellos mismos o mandándolos a la escuela de oficios, o sea, la cárcel), los cárteles de la droga perderán su población de abastecimiento, ya no tendrán en dónde reclutar nuevos sicarios. ¡Enhorabuena por los mexicanos que votaron por este señor tan capaz y talentoso!


La delincuencia, por su parte, simplemente hace lo que está dentro del rango de sus posibilidades: alienarse a sí misma a través de la sujeción a principios no humanos propios de un hedonismo materialista deshumanizante; es el resultado de la negación dialéctica de la razón y, a diferencia de Derechos Humanos, no es posible concebirlos como víctimas, pues por más irracionalidad, nunca será tanta como para eliminar su libertad.


La ciudadanía, finalmente, sigue consumiendo drogas y, con ello, atizando el fuego del narcotráfico. Mientras haya un mercado de consumidores, siempre habrá un proveedor o varios en disputa de dicho mercado.


Bosquejo de soluciones: primero y ante todo, debemos poner fin al sistema neoliberal que aumenta la pobreza en proporciones geométricas. En su lugar debe imperar un sistema que fomente la educación, la cultura, el empleo y la posibilidad real de recrearse como ser humano (evidentemente suena a utopía). De lograrse esto el problema tendería a desaparecer o, al menos, a reducirse enormemente. Dejando las utopías de lado, es preciso introducir la pena de muerte para todo aquel coludido de una u otra forma con el narcotráfico. Una pena de muerte sumaria y expedita. Sería estupendo pensar que basta con denunciarlos para que las autoridades los encarcelen (o maten en caso de agresiones directas), pero como ya se ha mencionada, esto sólo produce la sustitución de hombre por hombre. Unos mueren pero otros muchos están deseosos de ingresar al mundo del narcotráfico; un mundo de dinero fácil, placeres, ostentaciones de poder, un mundo al que una sociedad decadente como la nuestra bien puede colocar como meta a seguir. A esto debemos agregar que nuestros excelentes sistemas de justicia y penal no dan ningún tipo de trato especial a los narcos que acaban encerrados en México. Narcos dirigiendo su negocio desde prisión… Justicia a la mexicana. De ahí que los narcos realmente teman la extradición, pues en el país vecino carecerán de dicho trato (al menos es lo que se sabe).

jueves, 27 de enero de 2011

Sobre la Democracia

Como es ya sabido, el vocablo “democracia” viene del griego y significa “el gobierno del pueblo” (demos = pueblo y cratos = gobierno); su origen se remonta a más de 2400 años en la época de la Atenas de Pericles. Cabe apuntar que los dos más célebres pensadores de la Grecia clásica, Platón y Aristóteles, no concibieron a la democracia como la mejor forma de gobierno. De hecho, de entre las tres formas de gobierno recomendables o positivas, la democracia fue vista como la menos beneficiosa, superada por la monarquía y la aristocracia.


A pesar de ello, hoy en día se ve a la democracia como la forma de gobierno ideal, garante de la libertad de las sociedades y la forma óptima en que éstas pueden manifestar sus necesidades y deseos. Sin embargo, en sí misma, la democracia presenta varios problemas. No se diga ya si analizamos a la democracia realmente existente.



La democracia en sí misma

En sí misma, la democracia parte del supuesto de que una sociedad debe seguir el rumbo que la mayoría de sus miembros crea que es el mejor. De esta forma, la minoría debe aceptar tales decisiones y someterse a la voluntad de las mayorías. Si las minorías están de acuerdo con esto, cosa que debe asumirse en el juego democrático, la sociedad puede seguir coexistiendo como un todo armónico, al menos en cierta medida y con naturales excepciones. Pero el hecho de que la mayoría crea que algo es lo mejor para el todo, no significa que ese algo sea efectivamente lo mejor. La más absurda de las creencias puede determinar el rumbo de una sociedad por el único hecho de ser apoyada por una mayoría. En la democracia, pues, se ignora la verdad (pues bastan meras opiniones de masas) y se antepone lo cuantitativo por sobre lo cualitativo (el peso muerto de las muchedumbres termina por inclinar la balanza de los derroteros políticos). Lo maravilloso de esto, nos dicen los heraldos de la democracia, es que si la mayoría se equivoca de rumbo, siempre habrá una nueva oportunidad para, democráticamente, enmendarlo. De esta forma la sociedad se irá acercando paulatinamente, a partir del proceso de ensayo y error, a una sociedad ideal. Quizá la meta sea inalcanzable, pero tras cada paso que se dé, se estará más cerca.

Imaginemos a un pastor con su rebaño que decide guiarse por los principios de la democracia. Si la mayoría de ovejas decide ir a pastar a la orilla de un despeñadero o tierras peligrosamente cercanas al territorio de los lobos, no importará el sentido común del pastor, éste deberá someterse a la voluntad de la mayoría. Y ésta, muy probablemente, terminará en el fondo del barranco o siendo devorada por bestias hambrientas. Sabemos que las ovejas no serían tan torpes como para hacer algo así, pues su instinto de supervivencia se impondría, pero lamentablemente el hombre sí lo es. Su torpeza proverbial lo convierte en la víctima perfecta de la democracia.

La democracia realmente existente

Si la democracia en sí misma presenta claras deficiencias, imaginemos la democracia realmente existente, donde las masas están obnubiladas por un sistema de propaganda al servicio de ciertas élites; donde la gran mayoría está esclavizada por el círculo vicioso materialismo – consumismo – vacío espiritual; donde aquellas élites buscan sin miramiento alguno el binomio que las define: dinero – poder; donde la involucionada sociedad en general se pierde en las profundidades de la banalidad más superflua, fomentando la degradación del ser humano. La democracia realmente existente, como el caldo de cultivo de disolución social que es, sólo es democracia por nombre, más en esencia es una cleptocracia plutocrática.

En la democracia realmente existente, además de los cuatro grandes defectos que la permean, podemos identificar cuatro principales (que no únicos) actores, a saber: la clase política, los medios de propaganda (que por alguna “extraña” razón les siguen llamando medios informativos), las élites económicas y, desde luego, el demos, el pueblo, soberano y libre, faltaba más. La clase política es oportunista, cínica, improductiva e incompetente, además de rastrera pues, a fin de cuentas, obedecen ciegamente a los poderes internacionales. Los medios de propaganda, además de bombardear al espectador con banalidades, distorsionan y manipulan con tal te obtener una tajada. Las élites económicas carecen del más mínimo sentido ético y se limitan a ejecutar a pie juntillas la ideología capitalista neoliberal, donde la ganancia lo justifica todo. Finalmente, el pueblo, que ni hace, ni entiende y ni se entera. Migajas, circo, conformismo pasivo y apatía.

martes, 25 de enero de 2011

El Aborto

El problema del aborto tiene la característica de generar gran polémica debido, sobre todo, a la facilidad con que se polariza el debate en torno suyo. Por una parte, el considerar al aborto como una aberración, un crimen que refleja crueldad desmedida. Por otro lado, el impulsar el aborto (con o sin atenuantes) como un derecho fundamental impulsado, usualmente, desde el feminismo.


Tenemos entonces, al grupo de personas que rechazan cualquier forma de interrupción del embarazo, cuya postura se refleja en las constituciones de varios Estados del país a través de la penalización de la interrupción del embarazo. Las razones o argumentos fundamentales que sostienen esta causa son el derecho a la vida de todo ser y el valor sagrado de la vida misma. Debido a esto, el aborto es concebido como asesinato premeditado de un ser humano en potencia, es decir el feto. Aquí es donde se suele introducir el argumento religioso: el feto mismo ya posee alma, de modo que su condición de feto no niega su estatus de humano (definido por la posesión de un alma) que se adquiere una vez iniciado el embarazo. El argumento “secular” se fundamenta, en última instancia, en los conceptos aristotélicos de potencia y acto. El feto es tal en acto, pero en potencia es ya un ser humano.

El lado opuesto de la moneda es la postura sustentada en los derechos de la mujer: derecho a la seguridad y a la vida, pues un embarazo puede poner en riesgo la vida de la madre, y derecho a la libertad, ya sea de elección sobre su vida o sobre su cuerpo. En términos científicos podemos mencionar el hecho de que la penalización del aborto afecta la investigación científica con células madre, pues el feto permite su estudio y empleo en cuestiones de salud, así como la no humanidad del feto y su falta de conciencia (ambas ideas bastante dudosas). Finalmente, podemos atisbar otro argumento: el fenómeno que llamamos vida es mucho más complejo que aquello que se origina al momento de la concepción; la vida implica las condiciones sociales en que crece el niño y si estas no pueden ser óptimas, se sabe de antemano que el infante carecerá de derechos humanos fundamentales (salud, alimentación, educación o seguridad, por decir algunos).

Ahora bien, sostener que el aborto debe ser despenalizado porque los niños, una vez nacidos, pueden ser víctimas de pedofilia o vivir en condiciones de extrema pobreza y abandono, cae en el ámbito de la falacia. No es correcto rechazar el antecedente (el nacimiento de un niño) a partir de un consecuente hipotético (dicho niño podría ser pobre, víctima de abusos, etc.) Para evitar estos males que, evidentemente, abundan en nuestra sociedad contemporánea, se debe combatir (o legislar) en otros ámbitos, como la erradicación de la pobreza, la educación sexual y fomentar una sociedad con valores. Mas querer evitar esto despenalizando el aborto, significa no atacar el problema verdadero. Si en verdad fuera este el motivo de la despenalización del aborto, sería mucho más efectivo el proceso de esterilización masivo en base al estrato socioeconómico, pero, evidentemente, no es la solución. Esta línea argumentativa lleva en su seno cierta hipocresía: una verdadera preocupación por las paupérrimas condiciones socioeconómicas de una gran parte de la población mundial y una verdadera intensión de solucionar dichas condiciones, no se solucionan con la despenalización del aborto.

En cambio, el argumento respecto a los derechos de la mujer parece mucho más sólido y da pie al inicio del debate de fondo: ¿Qué vida es más valiosa? Desde el punto de vista médico vale más la vida de la madre que la del ser en gestación. Desde el punto de vista religioso, todas las vidas poseen el mismo valor. ¿El derecho de quién debe ser respetado? ¿El derecho a la madre a tomar una decisión que impactará en su vida y en la del niño por venir? ¿El derecho a la vida que posee un feto? Bástenos visualizar esto: de seguir penalizado el aborto, las mujeres (miles de ellas, si no millones) seguirán practicando abortos clandestinos (como hasta ahora) en los que muere la criatura recién concebida y (en muchas ocasiones) la madre misma. Si la mujer se encuentra en una condición económica privilegiada, puede viajar a EEUU (o a cualquier lugar en que sea legal) a practicarse un aborto bajo condiciones higiénicas óptimas y con procedimientos modernos. Es decir, el objetivo de la penalización del aborto no se logra: las mujeres siguen abortando. Y además, también mueren muchas mujeres durante el aborto.

Imaginemos ahora que el aborto es despenalizado. ¿Cuántas mujeres abortarían debido a un embarazo no deseado producto de promiscuidad sexual? ¿Cuántas mujeres (adolecentes ellas) verían el aborto como una mera solución al problema parido por la calentura? ¿No es en este caso, otra vez, la despenalización una tapadera a otro problema mayor: la falta de educación sexual y una sociedad hedonista e irreflexiva?

Reflexionemos sobre lo siguiente: ¿Qué clase de principios deben sustentar las leyes de un Estado laico? ¿Principios religioso o principios fundamentados en la razón? Me parece que la opción más apropiada, y dejando las posturas religiosas como algo íntimo, personal e intransferible, es precisar bajo qué condiciones el aborto debe ser despenalizado (violación, enfermedades congénitas, riesgo en la salud de la madre) y, mientras no sea posible dar ayuda económica real, efectiva y sin burocracias a las mujeres que recién han concebido, despenalizar el aborto en las primeras semanas de gestación. Paralelo a esto (de otra forma la iniciativa sería producto de una falta de perspectiva) se debe incrementar la educación sexual y buscar medios efectivos para combatir a la pobreza extrema. La despenalización no debería ser vista como solución, ni como práctica permanente y habitual, sino como medida transitoria ante una sociedad decadente.

viernes, 13 de noviembre de 2009

¿Qué es la Religión?

Para tratar de responder a esta compleja interrogante, debemos iniciar buscando la etimología de religión, y este concepto presenta desde aquí ciertas dificultades, pues existen varias teorías. Veamos:


1. Una primera opción, es que "religión" viene del vocablo latino religare, que significa volver a atar o atar con mayor fuerza. Esta teoría, aunque la más débil, es la que presenta una conceptualización más sana de nuestro vocablo "religión". Aquí "religión" nos indicaría el camino a partir del cual el hombre puede estrechar el lazo que lo une a Dios o a la divinidad (que no es lo mismo), ya sea que dicho lazo fue sólido alguna vez y debemos volver a buscar esa unión, o bien, que el hombre debe buscar siempre un acercamiento a Dios incrementando la estrechez de dicho lazo. Claro que esta es una interpretación en extremo libre…

2. Una segunda teoría nos remite al vocablo latino relegere, literalmente: volver a leer. Esta etimología propuesta por Cicerón hace referencia a la religión como aquello que debe releerse constantemente como forma de cerciorarse, o la religión como la constante lectura de textos sagrados. En este sentido, "religión" nos remite más a la idea de superstición y fidelidad hacia los deberes para con Dios.

3. Una tercera teoría nos lleva al adjetivo religiens, que significa "cuidadoso". En este caso podemos entender "religión" como la necesidad de obrar con cuidado respecto a la divinidad, ya sea por el temor a Dios (idea común a las religiones primitivas e incluso a las contemporáneas) o por la trascendencia de dicha relación. Religiens es opuesto a negligens, religioso será aquel carente de negligencia.

Esta tercera teoría parece la más correcta filológicamente, aunque no nos aclara mucho el concepto de "religión". En todo caso nos indica que la fe en una cierta creencia nos lleva a obrar con escrúpulo en relación con ella, o bien, que al tener la certeza de alguna verdad nos apegaremos a ella de forma “religiosa”. ¿Será la religión un fenómeno social que nos invite a obrar con extremo cuidado? ¿Obrará cuidadosamente la sociedad cuando se trata de cuestiones “religiosas”? Tratando de mantener estas tres etimologías en mente, analicemos dos sentidos, estrechamente ligados entre sí, que tiene hoy en día el término “religión”.

1. Sentido trascendente de religión. La religión puede concebirse como un conjunto de creencias y dogmas que definen las relaciones entre el hombre y lo divino. En este sentido, nos remitimos a un sentir único del ser humano por proyectar ciertos anhelos en algo que está más allá de él, en algo que lo trasciende: lo divino. Visto únicamente como fenómeno humano (sin preguntarnos por la existencia de lo divino), este sentido trascendente perdura desde el surgimiento del pensamiento mítico hasta la instauración de las grandes religiones institucionalizadas. Es la noción del hombre finito ante un todo que lo supera, lo abarca, lo envuelve. Es el impulso natural del hombre por buscar un macrocosmos del cuál formar parte, del cual sentirse pieza integral.

2. Sentido pragmático de religión. La religión aquí será el conjunto de prácticas y ritos específicos que pretenden llevar a cabo la unión trascendente buscada por el hombre. Es el modo empleado para buscar una efectiva integración hombre – divinidad; más allá de plantear creencias en algo que trasciende al hombre, se buscará la manera de unir esos dos polos. El pensamiento mágico primitivo que buscaba interferir en el cauce natural de los hechos da pie a este sentido de religión, en que lo natural puede intervenir activamente en lo sobrenatural.

Ambos sentido, aunque opuestos hasta cierto punto, se integran al compartir una misma finalidad: relacionar al hombre con lo divino. Ambos caminos son claramente diferenciables, aunque con el paso de los siglos (o milenios) se entrecruzan hasta formar verdaderos nudos, creando la ilusión óptica de un único camino que busca la relación entre el hombre y lo divino. Hagamos un intento por desenmarañar este lio.

Partamos del pensamiento mítico. El hombre primitivo (pensemos en los primeros Homo Sapiens), en su búsqueda por explicarse los fenómenos más inmediatos, como la lluvia, el día, la noche, etc., construye una explicación "causal" que inicia con la labor contemplativa, sigue con la capacidad de asombro y culmina con la explicación en sí. Dicha explicación era el contenido del pensamiento mítico primitivo y, usualmente, podía culminar en la idea de la divinidad. Pero llamar a esto explicación causal es aventurado, pues inherente al mito está su espíritu a-lógico, su postura a-teórica. Estas explicaciones no se relacionan con las teorías empíricas o científicas con que estamos tan familiarizados. La explicación del pensamiento mítico primitivo es más un descubrir que un explicar. Des – cubre misterios, los expone y los revela, pero se sabe incapaz de explicar, de teorizar sus causas últimas. Hasta aquí, estamos en el plano de la religión como religare. La unión con lo divino es algo que se intuye, que nace de lo más profundo del ser del hombre, pero no se racionaliza.

Por otro lado, y quizá al mismo tiempo, está el pensamiento mágico. La contemplación da pie al asombro y éste a la explicación; pero aquí ella cambia radicalmente. El cambio cualitativo de la explicación consiste en comprender que hay fenómenos sobre los cuáles se puede influir. Pensando en el surgir de las civilizaciones, hay enfermedades que se pueden curar, el fuego se puede crear, las semillas y los granos se pueden cultivar, el movimiento de los cuerpos celestes se puede medir y predecir… Del animismo a la técnica hay un cambio cualitativo cimentado en un proceso acumulativo. El pensamiento mágico no pretende exponer misterios, revelar lo oculto sino explicarlo, emplearlo. Era cuestión de tiempo para que la visión lógica causal y las teorizaciones empíricas nacieran de esta fuente. Aquí nos topamos con la religión como relegere. Leer y releer las fórmulas que nos permiten acercarnos a lo divino, dicha relación se racionaliza, se vuelve técnica. Ambas nociones, sin embargo no son excluyentes: se necesitan una a la otra. El hombre pecador sabe que orando, letanía tras letanía, alcanzará el perdón de Dios, siempre y cuando lo haga con verdadera fe. Hay una fórmula para alcanzar el perdón, pero no hay una explicación para este misterio.

Esta integración de lo misterioso y práctico en lo divino, es lo que plasma nuestra tercera etimología: religiens. Es preciso obrar con cuidado, pues aún perdura lo oculto en la relación hombre – divinidad. La negligencia aparecería cuando la religión se vuelva una mera técnica, una práctica desprovista de misterio, una cadena cuyo último eslabón pierda su sentido de “oculto”. Entonces la religión dejaría de ser tal y se convertiría en "negligión"...

jueves, 12 de noviembre de 2009

Sobre las prácticas absurdas e irracionales

Entrada no tan breve. Uno de los “cientos” de comentarios dejados me ha invitado a reflexionar sobre el por qué etiquetar como absurdo e irracional un fenómeno social dado. Considero que la afirmación que no va acompañada de argumento se queda en el limbo de las opiniones, por ello, es prioritario insertar una breve argumentación al respecto.


No con facilidad se tilda de absurda e irracional una práctica social, pues como muchas (que no todas) de las prácticas institucionalizadas forman un eje que conforma y estructura a nuestra sociedad. Sin embargo, desde luego que se ha vuelto una práctica superficial y alejada de su finalidad intrínseca, lo cual, por definición es absurdo. Realizar la acción "x" con la finalidad declarada de alcanzar el objetivo "y" a pesar de saber que dicho objetivo no se alcanza a través de "x"… Esto es absurdo. ¿Qué ser es aquel que recorre un camino esperando alcanzar un punto fijo, aun sabiendo que dicho punto no es el destino del camino elegido? El ser que se guía por el rumbo de la manada ignorando a la razón. Como decía Sartre, el pensamiento de grupo es en sí mismo la renuncia a la razón.

¿Cuáles son estas prácticas institucionalizadas? El matrimonio es una, pero ahí está su contraparte, el divorcio; las múltiples celebraciones huecas y banales (desde navidad hasta… el día del “trabajo”); la religión; la tolerancia; las buenas maneras… En fin, ya habrá tiempo de abordarlas y analizarlas. El punto es que el ser humano ha perdido el sentido de orientación al verse rodeado por este constructo imaginario que lo irracionaliza, además de cosificarlo y entumecerle el sentido heroico de la existencia. Y todo esto, si nos preguntamos por el verdadero sentido del Hombre y de su Ser, es muestra de irracionalidad, de, como diría Oswald Spengler, la decadencia de Occidente (no porque Oriente esté mejor, sino por el eterno eurocentrismo). Pero ya habrá tiempo (también) de acercarnos a ese verdadero sentido del Hombre y de su Ser.

¿Uno de los efectos de estas prácticas institucionalizadas? La tolerancia: uno de los más terribles males de nuestro tiempo. Toleremos esto, aquello y lo otro, pues su postura es tan válida como cualquier otra. ¡Subjetivicemos al mundo, pues en gustos se rompen géneros! El mundo es objetivo en sí mismo, es nuestra mirada temerosa, cobarde o superficial la que crea el maremágnum de opiniones, y, no faltaba más, una justificación para cada una. De ahí la necesidad de describir al mundo, de desnudarle en su miseria. De acercarse fenomenológicamente a lo que es, y dejar de lado aquello que está minando el verdadero sentido del Hombre y de su Ser.