lunes, 3 de junio de 2013

Contraste entre el Utilitarismo de Mill y la Deontología de Kant



En esta entrada haré un breve contraste entre las posturas filosóficas de John Stuart Mill (1806 - 1873) y de Immanuel Kant (1724 - 1804), en particular sobre sus teorías éticas. Es evidente que el utilitarismo, que defiende una ética consecuencialista es opuesta al no consecuancialismo de la deontología, por lo que me centraré en la exposición general de la postura de Mill y, desde ella, iré enlazando con lo propuesto por Kant, para buscar alcanzar algunas conclusiones sobre ambas teorías a partir de mis reflexiones en torno al contraste entre aquéllas.

Muy al inicio de la obra El utilitarismo, Mill ya plantea su desacuerdo con el intuicionismo, el cual cree que “nuestra facultad moral nos proporciona solamente los principios generales de los juicios morales; es una rama de la razón, no de la facultad sensible, y a ella debe acudirse para la doctrina abstracta de la moralidad, no para su percepción en lo concreto” (Mill, sf/sp). Mientras que Mill busca el origen de la moralidad en factores empíricos, en el desarrollo de la sociedad, Kant, al estilo intuicionista, buscará fundar la moral en una percepción a priori de la razón, debido a lo subjetivo y cambiante que es el apelar a las inclinaciones subjetivas del ser humano. Con esto queda clara una primera diferencia que determinará la bifurcación que se da en ambos sistemas: mientras que Mill es empirista y rechaza toda explicación metafísica, Kant es racionalista y entiende que fundar una moral en factores empíricos lleva de vuelta a la problemática que expuso en su momento David Hume: el relativismo moral. Para anclar con certeza una moral que aspire a ser realmente universal y que pueda ser demostrada en sus cimientos, Kant cree que es preciso buscar explicaciones objetivas que, por irónico que parezca, lo empírico no puede proporcionar.

A grandes rasgos, Mill expone la idea de la moral utilitarista así:
“El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer, y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer” (Mill, sf/sp).

Aclarando que por placeres, Mill no entendió sólo los placeres físicos y que introdujo un criterio cualitativo para distinguir placeres elevados, como los espirituales o los intelectuales, de placeres más básicos y elementales. Ahora bien, aunque se plantea en el utilitarismo que la mayor felicidad posible sea para la mayor cantidad de personas posible, Mill es claro al respecto cuando nos dice que
“La multiplicación de la felicidad es, según la ética utilitarista, el objeto de la virtud; las ocasiones en que cualquiera (uno entre mil) pueda hacer esto en gran escala o, con otras palabras, puede ser un bienhechor público, no son sino excepcionales. Sólo en estas ocasiones es cuando está llamado a tomar en cuenta la utilidad pública; en todos los demás casos, lo único a que ha de atender es a la utilidad privada, al interés o a la felicidad de unas pocas personas” (Mill, sf/sp).

Esta tendencia al egoísmo, nos dice Mill, debe paliarse con las leyes y la educación, de modo que el interés de cada individuo tienda a estar en armonía con el interés común. Y aquella tendencia a seguir el interés individual es común a todo sistema moral, por lo que no será una objeción válida.

En este sentido, la misma objeción puede planteársele a Kant. Él nos dice que la naturaleza humana está dividida en dos elementos: las inclinaciones o instintos y la razón. Si esta última guía a la voluntad se obrará acorde al deber, y dicha voluntad habrá de ser buena. Pero, ¿cómo habremos de distinguir las acciones acordes con el deber? El imperativo categórico, principio racional a priori, es la respuesta de Kant. “La representación de un principio objetivo, en tanto que es constrictivo para una voluntad, se llama mandato (de la razón), y la fórmula del mandato se llama imperativo” (Kant, 2004:107). Este imperativo tiene tres fórmulas que se vuelven las leyes prácticas de la voluntad: “obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (2004:117); “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio” (2004:127); concebir a “la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora” (2004:129). Con estos tres elementos que Kant atribuye a priori a todo ser racional, es posible fundamentar una moralidad que sea universal, que nuestra razón nos presente como un deber independientemente de nuestras inclinaciones subjetivas, que incluya al prójimo en cada una de nuestras decisiones morales, que relegue al egoísmo a un segundo plano, y, finalmente, que nos mantenga como seres libres pues, al ser nosotros mismos quienes creamos los principios que nos rigen, seguimos dentro de la autonomía al obedecer nuestro deber. Somos legisladores y legislados al mismo tiempo.
Volviendo al realismo que manifiesta Mill al referirse al egoísmo natural al ser humano, Kant coincide cuando nos dice:
“Voy a admitir, por amor a los hombres, que la mayor parte de nuestras acciones son conformes al deber; pero si se miran de cerca los pensamientos y los esfuerzos, se tropieza por doquier con el amado yo, que de continuo se destaca, sobre el cual se fundan los propósitos, y no sobre el estrecho mandamiento del deber que muchas veces exigiría la renuncia y el sacrificio” (2004:102-103).

En este sentido, y dejando momentáneamente a un lado las fundamentaciones de sus sistemas, ambos autores parten del hecho de que el hombre tiende al egoísmo y necesita algo que lo "fuerce" a actuar de acuerdo a la moral: para Kant es un principio racional que todos compartimos, para Mill será el derecho externo y nuestro estar habituados a él.

La diferencia de fondo emerge cuando Mill presenta las fuentes o sanciones  a su utilitarismo, divididas en externas e internas. Las externas son
“La esperanza del favor y el temor al disgusto de nuestro prójimo o del Legislador del Universo [aquí resalto que Mill era declaradamente ateo], además de cualquier simpatía o afecto hacia aquél, o de amor y respeto hacia Éste” (Mill, sf/sp).

Mientras que las internas, que serán las que desarrolla Mill, se fundamentan en el deber. Pero no como lo entendió Kant, sino como
“un sentimiento de nuestra propia conciencia, un dolor más o menos intenso ajeno a la violación del deber, que surge en las naturalezas con educación moral apropiada y, en los casos más serios, les hace retroceder como ante una imposibilidad” (Mill, sf/sp).

Este será entonces el fundamento último de la moral utilitarista de Mill: el sentimiento. Un sentimiento producto de la simpatía, el amor, el miedo, nuestras vivencias particulares. ¿Y qué será lo que hace que el hombre acate su deber? Las sanciones externas, es decir, el miedo al castigo y al rechazo o, en el mejor de los casos, la búsqueda de reconocimiento y aceptación.

Así, Mill rechaza el deber kantiano emanado de la razón y sustentado en el imperativo categórico, como una “ley misteriosa” de “carácter místico” que lleva al remordimiento (pues al observar el deber se podría en contra del sentimiento), es decir, todo aquello que nos lleve a principios metafísicos será cortado de tajo con explicaciones de corte empírico en donde el sentimiento moral es adquirido y no innato. Para Mill, “la facultad moral, si no es una parte de nuestra naturaleza, constituye una consecuencia de ella. […] es capaz, hasta cierto punto, de brotar espontáneamente, y es susceptible de ser cultivada hasta un alto grado de desarrollo” (Mill, sf/sp).

Hasta aquí podemos entender cómo emerge la moralidad en cada uno de nosotros según Mill, pero le es preciso explicar por qué habremos de incluir al prójimo en nuestros “intereses”, es decir, por qué y cómo habremos de buscar no sólo nuestra felicidad sino también la de los demás.

Mill dirá que el progreso de la civilización, idea arraigada en su época por efectos de la Ilustración y, sobre todo, el positivismo, tiende a fortalecer la sociabilidad en el hombre y esta sociabilidad da pie a los sentimientos morales interpretados ad hoc por el utilitarismo. Ciertamente, hoy podemos poner fuertes dudas a esta ciega fe en el progreso de la civilización, pero dejemos esto de lado para mejor ocasión. La sociabilidad da pie a dos hechos: por un lado el que busquemos nuestra seguridad de injurias y agresiones, aunque sólo sea por nuestra propia protección, muy al estilo de Thomas Hobbes en su Leviatán; por otro lado, además de buscar nuestra seguridad, se va fortaleciendo una inclinación a ver por el otro y buscar la cooperación, al estilo de John Locke. Así explicará Mill el nacimiento del sentimiento moral:
“Los más pequeños gérmenes del sentimiento echan raíces y se alimentan con el contagio de las simpatías y las influencias de la educación; y un completo entramado de asociaciones corroborativas se teje a su alrededor por la acción poderosa de las sanciones externas” (Mill, sf/sp).

Para buscar aclarar qué sean estas sanciones externas, Mill se sumerge en la noción de justicia que se remonta al constreñimiento legal. Definiendo lo justo de forma negativa, Mill afirmará que injusto es todo aquello que merezca un castigo, si no a partir de la ley, al menos por la opinión de sus semejantes. Con esto, el inglés terminará por identificar a la justicia con la moral, y ésta tendrá por tanto, un origen empírico y subjetivo. ¿Qué origina la justicia y, por tanto, la moral? El impulso a la defensa propia y la simpatía (Mill, sf/sp). La justicia es entonces caracterizada como “el sentimiento natural de la venganza, moralizado para hacérsele extensivo a las exigencias del bien social” (Mill, sf/sp). La legalidad y el derecho, sancionados según el interés de la sociedad, interés que nos remite a sus instintos de supervivencia y una simpatía no del todo explicada, serán entonces las sanciones externas que obligan al hombre a mantenerse dentro de la moralidad.

A manera de conclusión, y concluyendo el contraste de ambas teorías, podemos afirmar, en primer lugar, que hay una enorme diferencia en la labor argumentativa. Mientras que Kant construyó un sistema cerrado, sólido, estructurado lógicamente con la maestría que le es característica y, sobre todo, atendiendo a reglas filosóficas elementales, Mill sustentó su sistema en dos elementos, principalmente: una explicación empírica sobre el origen de la sociedad y cómo dicho origen tiende a imbuirnos de moral, y un sentimiento que puede fortalecerse y, de hacerlo, buscar la felicidad de uno mismo y de los demás. A esto, ya Kant había contestado varios años antes y sin siquiera conocer la eventual aparición de la doctrina utilitarista: no podemos fundar una moral en explicaciones empíricas, sino que debemos ir a la argumentación racional, a la filosofía pura:
“[…] puesto que las leyes morales deben valer para todo ser racional en general, y de esta manera, la moral toda,  que necesita de la antropología para su aplicación a los hombres, habrá de exponerse por completo primero independientemente de ésta, como filosofía pura, es decir, como metafísica” (2004:107).

El segundo pilar en que Mill sustentó su teoría es el sentimiento y, en repetidas ocasiones lo explica Mill como algo que no podemos entender claramente pero de lo que todos, o al menos la mayoría, tenemos una idea. Esto es una clara violación a la lógica más básica, pues no es un principio explicativo, quedando como una petición de principio, y parece sustentarse en una falacia ad populum.

Fuentes:
Kant, I. (2004). Lo bello y lo sublime. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Ciudad de México: Editorial Tomo.

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