jueves, 23 de agosto de 2012

Sobre la Metafísica

Se suele decir que la Metafísica es la rama de la Filosofía que estudia la realidad, pero en mi experiencia, eso no dice gran cosa al neófito en las artes filosóficas (así como yo, pues). Comúnmente, el ser humano suele acercarse a la realidad sin el más mínimo asomo de curiosidad. Ve a ésta como el chofer del minibús ve a los pasajeros, como el terrateniente ve al campesino, como el perro ve a su cola cuando trata de atraparla en una incesante danza circular. Ante esta forma superficial de acercarse a la realidad (o sea, los pasajeros, los campesinos, la cola o cualquier otra cosa que percibimos de ordinario), es normal que se nos escape no ya lo que subyace bajo la realidad, sino la realidad misma.


Digamos que un primer nivel de acercarse a la realidad es cuando vemos los objetos únicamente como cosas en relación a mí. Todo se convierte en inmediato y en útil acorde a mis necesidades. Así como el científico tomo una muestra y la observa a través del microscopio o como el político echa un vistazo a cifras de muertos.

Un segundo nivel de abordar la realidad es cuando comprendemos que ésta no es en relación a mí, sino que es, en cierto modo (y sin adentrarme en cuestiones epistemológicas) independiente a mí y opera como un todo. No hay cosas que yo uso y abuso, sino que es un entramado finamente relacionado de hechos y objetos. Esto nos lleva a buscar causas y efectos, a relacionar el hecho con implicaciones, digamos, éticas o sociales. La realidad se vuelve más vasta que el pequeño mundo en el que solemos habitar.

Pero hay un tercer nivel. Aquel que nos hace plantearnos los porqués y los cómos de dicha realidad. Esto es la Metafísica. La realidad toda, en su conjunto, se vuelve un “objeto” de estudio. Una búsqueda por encontrar el principio último, la causa primigenia del todo. Esta búsqueda es, pienso yo, inherente al ser humano, pero también es una tarea abocada al fracaso. Al menos si lo que se busca es resolver los planteamientos, encontrar las respuestas definitivas y absolutas. Afortunadamente, este no es el punto de la Metafísica, al menos no me parece que deba serlo hoy en día. Que para Parménides, Leibniz, Agustín de Hipona o Nicolás de Cusa sí lo haya sido, no debería cambiar el hecho de que lo importante de la metafísica es que en ese buscar en la realidad, o mejor dicho, en aquello que yace tras de ésta, a) nos alejamos de esa perniciosa forma de ver la realidad en su mera superficialidad, tal como una cámara de video la “ve”; b) nos construimos unos cimientos para edificar nuestras vidas en una realidad coherente y comprensible; y c) la labor intelectual del acto de buscar te deja la satisfacción doble de hacer hallazgos en ese interminable camino y de ejercer la actividad por excelencia del ser humano: pensar. Actividad que es muy rara e infrecuente en el hombre contemporáneo. ¿De cuándo acá se ha visto que una oveja del multitudinario rebaño se detenga a pensar en por qué sigue al pastor? ¿Cuándo, contrario a lo imaginado por Platón, uno de los millones de prisioneros que viven (y mueren) en lo más profundo de la caverna se detiene a pensar en el por qué de esas sombras que llama realidad?

Pensar la realidad, desocultar lo que en ella subyace es dejar de ser ese perro que irremediablemente fracasa al intentar asir su cola, y cuando lo logra, la suelta para volver a empezar su danza... Justo así vive el ser humano.

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